Edwin
“amigo valioso… hombre que nunca pierde batalla"
1940, corría la segunda guerra mundial en Alemania. Ciudades enteras desvastadas por el horror, la tragedia, un sin números de muertos, miles de heridos y familias sin hogar, cifras desorbitadas de niños huérfanos a causa de los enfrentamientos.
Los niños de la guerra, sello que “asumirían” en adelante, eran trasladados a los diferentes hospitales, conventos o bien, eran llevados a hogares o asilos para huérfanos en donde se los albergaba.
Una decena de niños, entre uno y doce meses eran llevados al hospital central, allí serían atendidos y cuidados por médicos y enfermeras. Entre ellos se encontraba Edwin. Era un varón de un mes y medio aproximadamente, fue encontrado entre los escombros de una pared derrumbada por un explosivo y fue trasladado de emergencia hacia el hospital en Berlín, sus signos vitales eran débiles, se encontraba deshidratado y con insuficiencias respiratorias. Una vez en el hospital, los niños eran asistidos y atendidos por un grupo de enfermeras que le suministraban todo lo necesario para que sobrevivan, de modo que las condiciones de higiene, cuidado y alimento eran cubiertas.
Comenta la Srta. Caroline, una monja voluntaria del hospital: “era devastador ver a tantos niños y niñas que habían quedado sin padres, sin familia, se los veía en un estado total de indefensión, algunos con heridas de gravedad, otros llegaban casi moribundos, los médicos y enfermeras no daban abasto ya que cada día el hospital colapsaba por los miles de heridos que ingresaban. A pesar de esto, los niños eran atendidos, se les proveía alimento, abrigo, etc. Mi función en el hospital era auxiliar de los médicos y enfermeras, me encargaba de cuidar de los niños, les daba la leche, los higienizaba y les administraba los medicamentos que me indicaban las enfermeras.
El día que conocí a Edwin fue ‘amor a primera vista’, cuando me acerqué a su cuna lo vi y me llené de compasión por él. Decidí bautizarlo y llamarlo Edwin, alguna vez había escuchado el significado de ese nombre y era algo así como ‘amigo próspero, hombre que nunca pierde batalla’…
Pasaba días enteros en el hospital casi sin descanso llevando adelante mi tarea, pero aun así había tomado la decisión de darle un cuidado “especial” ya que era uno de los niños que se encontraba en estado crítico. Cuando lo vi algo me decía que tenía que estar con él, cuidarlo, abrigarlo. Solía recostarlo sobre mi pecho, mientras lo alimentaba y le susurraba canciones al oído, a él parecía gustarle… Ahí estábamos, él y yo, creo que nos habíamos elegido, o mejor dicho… él me había elegido y yo no hice otra cosa más que doblegarme ante él.
Lo más amargo de la guerra era que el resto de los niños que ingresaban al hospital morían al cabo de unos días pese a que, según los médicos, ya no se encontraban en peligro sus vidas. Nadie entendía el por qué, no había nada que les faltara, eran atendidos y todas las necesidades estaban cubiertas. Esta era una reacción que preocupaba a los médicos y especialistas, una y otra vez los escuchaba discutir, nadie podía dar una explicación a este fenómeno, ¿Qué era lo que estaba sucediendo? ¿Por qué?
Entretanto yo me había propuesto estrechar esa amistad que había nacido entre Edwin y yo. El vínculo se fortaleció día tras día y su mejoría era innegable…”
Esta mañana al despertar, entre tostadas y un rico aroma a café, leí la siguiente noticia:
Un bebé prematuro nacido en Australia, de 27 semanas, que los médicos habían dado por muerto al nacer, "resucitó" en los brazos de su madre, dos horas después de que se anotara su fallecimiento, según informa el periódico local.
A pesar de esta terrible noticia, Kate no se resignó y pidió que le dieran a su bebé. Lo tomó en sus brazos y lo recostó sobre su pecho desnudo y lo mantuvo allí durante dos horas, entre palabras de consuelo, ánimo, caricias y lágrimas. "Le dijimos cuál era su nombre y que tenía una hermana. Le dijimos las cosas que queríamos hacer con él cuando creciera", narraba Kate. Minutos más tarde, el bebé suspiró…
Esta noticia me inundó de sensaciones y me encontré sumergida en mis pensamientos… ¿El “cachorro” humano es el único animal que puede morir por indefinición? ¿Necesariamente dependemos de un vínculo afectivo, intenso y duradero con un otro para sobrevivir? ¿De alguien que nos nombre, que nos de una historia, un sentido de existencia? ¿Que nos diga quiénes somos? En definitiva alguien que nos desee. Pareciera ser que somos sujetos-sujetados a un otro que nos proporcione seguridad, consuelo y protección.
Como dijo alguna vez hace cien años un pensador revolucionario, para constituirnos en “alguien” y no ser sólo un organismo viviente, no basta sólo con nacer de una mujer, nutrir nuestros cuerpos y recibir abrigo, sino que necesitamos de la impronta de los otros, de aquella marca que trasciende la especie, y nos posiciona como alguien significativo.


