lunes, 20 de diciembre de 2010

La llaman calle

Me llaman calle y ese es mi orgullo,
yo sé que un día llegará,
yo sé que un día vendrá mi suerte.
Un día me vendrá a buscar
a la salida un hombre bueno
pa´ toda la vida y sin pagar.
Mi corazón no es de alquiler.

Para Alma aquel día sería el día en que un pedazo de su historia pasaría a formar parte de ese rompecabezas en construcción. Historias que, hasta ese momento, habían sido negadas, prohibidas, ocultas, ahora atravesarían este muro y pasarían a formar parte de una realidad, de su realidad…

“La llaman calle, eso fue lo que me dijo. Escuchar esto fue como un baldazo de agua fría, más que fría creo que fue como de agua helada! Jajaja. Si me preguntás qué sentí ese día... no lo sé, fue como si todo se hubiera derrumbado, miles de preguntas y más preguntas, miedo, incertidumbre, pero sobre todo, falta de identidad, sí, la sensación en ese momento fue como si me hubieran quitado la identidad,  no sé bien cómo explicarlo, pero no entendía por qué aquella persona me estaba diciendo esto…
Todo comenzó con una discusión, una más de las tantas que solíamos tener con Susana, mi mamá del corazón. Ella había sido la mejor amiga de mi madre biológica por mucho tiempo, eran como hermanas, incondicionales, pero desde mi llegada nunca más se volvieron hablar, o al menos la relación ya no era la de una amistad. Lo cierto es que aquel día en medio de mucho enojo, reproches y exigencias, Susana me confesó que uno de los motivos por los cuales ellas se habían distanciado era por “eso”…
El día que me lo dijo no lo podía creer, sentí vergüenza, miedo, rechazo, enojo, pero sobre todo mucho dolor…
A  mi mamá biológica la llamaban Valeria, pero su verdadero nombre era Ana. Me dijeron que las prostitutas suelen cambiarse el nombre, nunca usan su verdadero nombre… no sé, para mi son como almas en pena en busca de una identidad…”

Las prostitutas, las trabajadoras sexuales, las que comercian con sus cuerpos, o como se las suele llamar vulgarmente “las putas”. Estas mujeres han representado y representan en el imaginario social a la mujer promiscua, sexualmente activa, trasmisora de enfermedades, impuras, las que habitan lugares clandestinos, prohibidos, las mujeres de la noche, de la calle, las mujeres de la vida…
Son marginadas y excluidas del círculo social, el estigma recae sin piedad sobre ellas, y de esta forma son sacadas de circulación por ser productos nocivos, desviados, transgresores, anormales. Estigma que obedece a un conjunto de actitudes que responden a la norma, pero ¿a qué norma? ¿A la norma de quién? Patrones de conducta que responden a una forma de pensar, a una forma de construcción social que se arrastra, que se trasmite a lo largo de la historia, que se introduce sutilmente en el discurso diario pero cuyas consecuencias dejan una marca casi imborrable. Estas normas-modelos tan incuestionables, impensables, difíciles de quebrantar, son normas históricamente construidas y determinadas, al punto que olvidamos que estas mujeres son madres, amigas, vecinas, hijas, esposas, amantes, ciudadanas, compañeras de la vida, son gente.
El cuerpo de la puta es pensado como un cuerpo erotizado, como el estereotipo del objeto sexual. Se lo piensa como un cuerpo grotesco, exhibido, cuerpos que son públicos, vendidos, ofertados, consumidos, cuerpos que tienen su devenir y adquieren protagonismo en las penumbras de la noche, cuerpos que habitan en las calles, en las rutas, en los suburbios, como así también en lugares no tan ocultos en el centro mismo de la ciudad. Son cuerpos con un “exceso de sexualidad”, imperdonables. Identidades perdidas, almas en pena, sujetos en busca de una identidad que los quiera poseer.
Puta, es una etiqueta, un sello, el estigma social que las nombra, que las convoca, que las llama, marca registrada pero “ilegal”. El estigma se asume como forma de control, como forma de excluir lo impropio, lo prohibido, lo indebido. El lugar que la sociedad les da es la marginación, la desvalorización, ser “ciudadanos de segunda selección”.
Algunos creen que la solución es la “reinserción”, la famosa “inclusión social” de la que tanto hablan, pero no queda claro qué entienden por esto.
Pensar en reinserción nos lleva inevitablemente a pensar en algo que en algún momento quedó por fuera, que estuvo dentro y luego fuera y hay que reinsertalo, volverlo a ingresar.
Lo curioso es que los esfuerzos que realizan en pos de dicha reinserción obtienen como único resultado reafirmar la marginalidad de la que intentan “sacar” a estas personas, ya que al nombrarlos continuamente como los “incluidos” siguen ubicándolos en el lugar de los diferentes.

Las prostitutas, como el resto de los marginados sociales, quedan por fuera del círculo social. Este es el precio que la sociedad les hace pagar y para volver a conquistar el lugar de “ciudadano” deben encajar en el molde construido por ciudadanos correctos, normales, sanos y puros, que casualmente son los mismos que consumen sin culpas ni prejuicios los servicios de estas damas.