miércoles, 23 de febrero de 2011

Los antojosos caprichos del destino
Lo único que no cambia es la pasión



Julia era la hija mayor de Adelpho y Antonia, se había criado en una casa un poco tradicional y conservadora. Sus padres, hijos de italianos que habían migrado en época de guerra, al llegar aquí se dedicaron al trabajo duro y con mucho esfuerzo y sacrificio formaron una linda familia.
La cotidianeidad de Julia se definía por la rutina, su más leal y fiel compañía. Julia tenía una personalidad considerablemente conservadora y tradicional, se había dedicado toda su vida a responder los mandatos familiares, tenía una estricta y fina formación. Estaba a tan sólo dos materias de recibirse de médica, ella se describía como una persona tenaz y exigente consigo misma, alguien que nunca se había “desviado” de sus objetivos. A su vez se describía como alguien con una humildad dedicada y extremadamente sencilla. Julia tenía una vida programada en todos los aspectos,  cada decisión que tomaba era consultada y puesta en común con su familia, todas las decisiones se tomaban en familia, y así fue como, junto a sus padres y su hermana menor, llegaron a la conclusión que la carrera más apropiada para ella era la medicina, carrera que si bien no era de su total agrado, prometía brindarle un futuro y estabilidad económica. Su futuro profesional parecía ser exitoso y prometedor, según comentaban.
Julia mantenía en secreto una pasión, amaba la danza. Nunca pudo contarles a sus padres de esto ya que estaba convencida que Adelpho y Antonia no aceptarían, ni mucho menos compartirían, esta pasión por la danza, profesión un tanto ingrata. Pese a ciertos prejuicios familiares, ella amaba la danza. Solía encerrarse en su habitación, podía estar horas y horas mirando videos o leyendo literatura de bailarines clásicos reconocidos. Frecuentaba imitar sus movimientos una y otra vez frente a la pantalla. Este secreto la acompañó desde muy pequeña, lo real es que ni bien escuchaba el sonido de la música su cuerpo se encendía, era como un cosquilleo de hormigas que recorría su cuerpo, la pasión se apoderaba de ella por completo… A pesar de que la rutina parecía consumirla, la pasión se deslizaba en cualquier momento “libre” y ahí estaba una y otra vez, en secreto frente a un espejo imaginario dejándose ver al compás de la música…


Los cambios, los antojosos caprichos del destino… sorprenden nuestras vidas, nos sacan de la rutina, nos obligan a cambiar de estado, procesos de transformación, de evolución, sucesos inesperados, experiencias muchas veces inefables e indescriptibles.
Como regla general, se asocia a este estado con el progreso y la vanguardia. Pero también son momentos que se caracterizan por lo incierto, el principio que rige este estado es el principio de incertidumbre, vacilación, inseguridad, perplejidad, duda o estupor.
Los cambios nos liberan, nos atrapan, nos trasforman, dejan marcas, nos elevan, nos redimen. Otras veces nos producen dolor, decepción, negación, desilusión, aislamiento, enojo, desencanto, melancolía, tristeza o soledad.
Una vez acontecido el cambio, o estando en el umbral del mismo, los sentimientos suelen ser diversos, y aunque éstos pueden ser duraderos o efímeros nos encontramos sumergidos en la euforia, el optimismo, la alegría, el regocijo o la satisfacción absoluta; o bien, todo lo opuesto, sentimos enojo, ira, decepción, desilusión, desesperanza, desengaño, sentimientos encontrados que están ahí y nos movilizan de alguna u otra forma, muchas veces nos recuerdan que aun estamos vivos, nos despiertan a una realidad nueva y nos conceden la palabra, nos otorgan el protagonismo, nos empujan vertiginosamente a la acción, al trabajo de poner en marcha y conducir nuestras vidas hacia un rumbo distinto, novedoso quizás, disímil… Y casi sin darnos cuenta, nos encontramos transitando un camino tenebroso a puro cambalache, atractivo y tentador a la vez.

Alguien me dijo una vez: “Existen tres tipos de personas: los que generan cosas, los que miran cómo suceden las cosas, y los que preguntan qué pasó.”
Los cambios nos pueden llevar toda una vida o bien podemos estar toda una vida tratando de generarlos. “Todo cambia” decía la letra de una canción, cambian los paradigmas, las creencias, las costumbres, las ideologías, las tendencias, las modas, las filosofías de vida,  los estilos de comunicación, las formas de practicar la fe, los valores, los modelos de familia, los objetos de amor, etc.
Solemos atribuirle a las cosas la cualidad de ser estáticas y duraderas, sin embargo la vida nos impulsa a estar en continuo movimiento, a realizar pequeñas transformaciones muchas veces imperceptibles e invisibles a nuestros propios ojos. Los cambios, por más ínfimos que sean, son el motor de la vida misma.