viernes, 26 de octubre de 2012


Espejito, espejito…




“Sobre la pena duermo solo y uno, pena es mi paz y pena mi batalla, perro que ni me deja ni se
calla, siempre a su dueño fiel, pero importuno”  Miguel Hernández

HABÍA una vez un joven llamado Narciso… Su madre, ansiosa por averiguar el destino de su hijo, consultó al adivino ciego Tiresias. « ¿Vivirá hasta la ancianidad?», le preguntó.
«Hasta tanto no se conozca a sí mismo», replicó Tiresias. De modo que la madre se aseguró de que el hijo no viera nunca su imagen en el espejo. Al crecer, el chico resultó ser extraordinariamente hermoso y despertaba amor en todos cuantos lo conocían. Aunque nunca había visto su cara, podía adivinar a través de las reacciones ajenas que era bello; pero nunca se sentía seguro, de modo que para ganar confianza y seguridad en sí mismo dependía de que los demás le dijeran cuan bello era. En consecuencia, se convirtió en un joven absorbido por su propia persona.
Un día, Narciso se puso a caminar por el bosque a solas. Ya entonces había provocado tantos halagos que comenzó a creerse que nadie era digno de mirarlo. En el bosque vivía una ninfa llamada Eco. Esta había disgustado a la poderosa diosa Hera por parlotear demasiado; exasperada, Hera le había arrebatado el poder del habla excepto para responder a la voz de otro. E incluso entonces, solo podía repetir la última palabra pronunciada. Eco hacía tiempo que se había enamorado de Narciso, y lo siguió por los bosques esperando que le dijera algo porque, de otro modo, ella no podía hablarle. Pero aquel se hallaba tan envuelto en sus propios pensamientos que no notó que ella lo seguía a todos lados. Finalmente, Narciso se detuvo al lado de una laguna, en un bosque, para apagar su sed, y ella aprovechó la ocasión para sacudir unas ramas y atraer su atención.
— ¿Quién está ahí? —gritó él.
— ¡Ahí! —regresó la respuesta de Eco.
— ¡Ven aquí! —dijo Narciso, bastante irritado.
— ¡Aquí! —repitió ella, y corrió desde los árboles, extendiendo sus brazos para abrazarlo.
— ¡Vete! —gritó airado—. ¡No puede haber nada entre alguien como tú y el bello Narciso!
— ¡Narciso! —suspiró Eco tristemente; y desapareció avergonzada, murmurando una oración silenciosa a los dioses para que este joven orgulloso pudiera algún día saber lo que significaba amar en vano. Y los dioses la oyeron.

Narciso regresó a la laguna para beber y observó el rostro más perfecto que había visto nunca. Instantáneamente se enamoró del impresionante joven que tenía delante. Se sonrió, y el bello rostro le devolvió la sonrisa. Se inclinó hacia el agua y besó los rosados labios, pero su contacto rompió la clara superficie y el bello joven se desvaneció como un sueño. Tan pronto como se retiró y se quedó quieto, la imagen regresó.
— ¡No me desprecies de ese modo! —Le suplicó Narciso a la imagen—. Soy el que todos los demás aman en vano.
— ¡En vano! —gritó Eco desde el bosque con tristeza.
Una y otra vez Narciso se acercó a la laguna para abrazar al bello joven, y en cada ocasión, como si de una burla se tratara, la imagen desaparecía. Narciso pasó horas, días y semanas contemplando el agua, sin comer ni dormir; tan solo murmuraba:
— ¡Hay de mí!
Pero las únicas palabras que le llegaban eran las de la infeliz Eco. Por último, su apesadumbrado corazón dejó de latir y quedó frío e inmóvil entre los lirios acuáticos. Los dioses se conmovieron ante la visión de tan bello cadáver y le transformaron en la flor que ahora lleva su nombre.
En cuanto a la pobre Eco, que había invocado semejante castigo en su frío corazón, no obtuvo de su oración nada sino dolor. Se consumió hasta que no quedó nada de ella excepto su voz; e incluso hoy en día solo se le deja decir la última palabra pronunciada…
(Fragmento extraído de: http://www.proyectopv.org/)


Al recorrer esta historia donde el vanidoso Narciso se enamora de su propia imagen embellecida me fue necesario pensar en representaciones que definan a estos seres encarnados en la piel de Narciso.
Alguien me dijo alguna vez, Narciso no murió! Sigue vivo... Vivo en el  delirio de grandeza de muchos, de la arrogancia de otros, vivo en el sentimiento de envidia,  o bien, en la falta de empatía hacia los demás, la negación, la manipulación y sobre todo, vive en la afanosa necesidad de aprobación. Estos son algunos de sus atuendos predilectos
Este personaje llamado Narciso, representa a esas personas que sienten un amor desmedido e insaciable por sí mismo, este amor los lleva a creer que son considerablemente importantes y que están por encima de cualquier otra persona. Quieren sentirse aprobados, admirados y respetados  por los demás. Quienes los rodean deben saber que ellos son únicos y maravillosos.
Lo que motoriza su deseo es la atención de los demás puesta sobre sí, es decir, no existe otra cosa más importante que ellos y solo ellos.
Son personas que se caracterizan por ser egoístas, se muestran desconsiderados hacia quienes los rodean, manifiestan una falta total de empatía hacia los otros. Su ego desmedido no le permite ponerse en el lugar de los otros. Son personas desconfiadas e insensibles, usan la manipulación emocional para lograr sus objetivos, sobredimensionan su trabajo, consideran que son los mejores en lo que hacen, realzan y sobrevaloran la imagen que tienen de sí.
En relación a sus parejas, por supuesto,  deben ser el centro de atención y todo debe girar alrededor de ellos, quienes estén con ellos deben estar dispuesto a satisfacer todas y cada una de sus necesidades de lo contrario no serán merecedores de su amor.

Pero… cuenta el mito  que Narciso al ver su imagen reflejada en el agua se enamoró perdidamente, tal es así que corrió a su encuentro y cada vez que  quería abrazar esa imagen tan bella que le devolvía el reflejo de las aguas, la misma se disipaba una y otra vez, pero el amor que sentía por su propia imagen era tan grande que Narciso insistía, corría a su encuentro y la misma se desvanecía ante él. Así fue como Narciso, ante la imposibilidad de dejar de contemplarse, se arrojó allí hasta que murió….



miércoles, 3 de octubre de 2012



Alguien quiere salir…


Son las ganas de la infancia 

Floreciendo en tu cielo y en tu amor 
Como barriletes de esperanza 
Tanto hilo que no alcanza 

Hay que remontar remontar, remontar 
Remontar para vivir 
Hay que remontar... 

Lo imposible está ahí, para seguir 
Es un barrilete que no para 
Lo imposible esta ahí, para vivir 
Remontan las ganas de un mañana. 



Hay un momento en que, para algunos niños, el juego deja de ser un terreno de exploración, un espacio de creatividad, deja de ser ese elemento soñado y mágico   donde la capacidad creadora interpreta su mejor papel.  Allí donde el jugar se  vuelve medicina, el juego de los niños se transforma en el arte de sanar, hace las veces de antídoto que contrarresta  tanto mal. Es así, como esta dulce medicina, resguarda, protege, aísla y envuelve a este ser. El juego deja de ser una oportunidad inventiva para convertirse en el único medio de sobrevivir, perdurar, mantenerse vivo.
Alguna vez escuche decir que el juego es la dulce medicina de los niños… Cuanta verdad expresada en una simple y sencilla frase.  Pensé en esos niños  producto de la dureza de los grandes, niños que son fruto del egoísmo desmedido, niños castigados, desamparados, abandonados simbólicamente, niños dañados, desestimados y anulados… niños que llegan para cubrir “fallas”, llenar vacíos, reparar deseos incumplidos, quebrantados. Niños que nacen para saldar deudas de otros tiempos. Estos niños, producto de la inmadurez y la cobardía de otros niños que no han crecidos  y se esconde tras el traje de un adulto. Niños que se crían en la soledad, niños exigidos, escatimados, caballitos de batallas desleales, niños devorados, capturados por la mirada y los reclamos de los otros, niños objetos, gritos callados que piden  salir.
Es allí donde el juego como medicina cobra fuerza, valor, entusiasmo y un desafío para quienes estamos del otro lado esperando a ese Alguien que ansía salir. Esta dulce medicina significa que hay una puerta abierta, una  puerta de esperanza que señala el camino para salir, salir a jugar….