jueves, 13 de enero de 2011


El macho Alfa…?
  

 
Durante miles de años se ha dicho que el sexo dominante es el masculino, encarnando el hombre un rol patriarcal. El término Varón denomina lo masculino, constituyendo así una distinción sexual entre “hombre” y “mujer” basada en las características biológicas. Varón representa de este modo al “macho” humano.
La etiología de dicho término deriva del latín vir que significa “viga”. Para el pueblo romano el varón representaba la viga que soportaba la estructura de una casa.

Históricamente se ha otorgado al hombre un lugar de importancia y de poder al concebirlo como portador del falo (representante psíquico del pene), ubicándolo así en “un escalón más arriba” con relación a la mujer, lo cual es sostenido hasta en la actualidad por varias corrientes filosóficas y psicológicas que han desarrollado extensas teorías acerca de la envidia del pene, la teoría universal del falo, o la famosa castración para dar cuenta del desarrollo psíquico diferencial entre hombres y mujeres.  Asimismo, el falo simboliza aquello que es objeto de nuestro deseo y que, sobre todo las mujeres, desean tener o portar.

Las representaciones sociales acerca de los hombres son muchas y abarcan figuras como el “padre de familia” o el “proveedor”, la “cabeza o el jefe del hogar”. Es frecuente escuchar la idea de que “el hombre nació para trabajar y traer el sustento al hogar”, realidad que, con el paso del tiempo y dependiendo de cada cultura, ha ido cambiando paulatinamente pero que aun sigue presente en el discurso diario del común de la gente.
Se piensa al hombre como el sexo fuerte, el macho, representante de lo viril, lo valiente, lo vigoroso, lo varonil, la autoridad y el poder. Cabe aclarar que semejantes cualidades otorgadas por la Humanidad a estos seres privilegiados no son a cambio de “nada”. Se espera que nuestros machos no demuestren sus emociones, ya que dejarlas “aflorar” sería considerado un signo de debilidad y de este modo correría el riesgo de ser burlado y tildado por sus pares como un “maricón”, un “pollerudo” y otras palabras menos amables que dejamos a imaginación del lector.

Si de sexualidad se trata, independientemente de cual fuere el estado civil del hombre,  se espera que “cumpla”, es decir, debe estar “siempre listo” ya que para algo se le ha concedido el “rol activo”. Y en esto no hay margen de error, ¡no puede fallar! Difícilmente vuelva a recuperar su dignidad aquel varón que tuviere un episodio “traumático” con una dama.

¿Quién dijo que ser hombre es cosa fácil? La masculinidad siempre ha estado cargada de exigencias culturales un tanto crueles. Alguien me habló de “rituales de iniciación masculina”, cosa que desconocía y que me llevó a buscar más información sobre el tema. Me encontré con algunas prácticas realmente sorprendentes y, por cierto, muy interesantes. Un sin número de ejemplos demuestran que el acceso a la masculinidad no es cosa sencilla. Para ser “hombre” no alcanza con nacer con pene, la iniciación masculina es cosa de “machos”. Es un estado, un ideal al cual se debe llegar a partir de prácticas un tanto estrafalarias.
En Vanuatu (Pacífico Sur), por ejemplo, existe una costumbre que consiste en tirar a los varones de entre 12 y 15 años de edad desde una torre de madera precariamente construida que llega a medir 30 metros de altura. Los pies de los valientes muchachos son atados por los tobillos, y una vez listos deben lanzarse de cabeza al vacío, lo cual suele ser muy riesgoso, ya que el mínimo error puede ocasionar graves lesiones y hasta la muerte. Otro de los rituales que me sorprendió es el que se lleva a cabo en la India. Algunos dicen que este ritual consta de más de quinientos años: los padres llevan sus bebes (varones) para que ser lanzados desde 15 metros de altura, el equivalente al séptimo piso de un edificio. Esta costumbre simboliza buenos augurios y salud para los hijos. En el Amazonas, en la frontera con Perú, existe un grupo llamado los “Matis de Brasil”. Para que los muchachos
puedan formar parte de la secta de cazadores, se les aplica veneno en los ojos, con el objetivo de incrementar su visión y potenciar los sentidos, luego de esto, son sometidos a golpes y latigazos. Por supuesto, existen más de estos rituales de iniciación masculina  en diferentes lugares del mundo como el “viaje psicodélico” de los Algonquinos, el “salto de las vacas” de los Hamar, el “guante lleno de hormigas bala”, y los “Sateré – Mawé, entre otros.
Pero volviendo un poco a lugares más conocidos por nosotros, también encontramos varias prácticas tituladas como “cosas de hombres” que también pueden ser algo crueles ya que limitan la espontaneidad y la creatividad de cada sujeto singular: ni bien el pequeño varoncito comienza a tener uso de razón, el adulto más cercano le enseña que “los hombres no lloran”, que debe defenderse a las piñas si es necesario, que juegue a la pelota o a los autitos (¡ni se te ocurra agarrar el bebote de tu hermana!). Unos años más adelante comenzarán a presionarte para que “debutes” cuanto antes, ya que es hora de que te conviertas en “hombre”… y ni hablar de las cosas que deben soportar aquellos que no han elegido a una mujer como objeto de amor…


Mi amado es apuesto y trigueño,
      y entre diez mil hombres se le distingue.
Su cabeza es oro puro;
      su cabellera es ondulada
      y negra como un cuervo.
Sus ojos parecen palomas
      posadas junto a los arroyos,
   bañadas en leche,
      montadas como joyas.
Sus mejillas son como lechos de bálsamo,
      como cultivos de aromáticas hierbas.
   Sus labios son azucenas
      por las que fluye mirra.
 Sus brazos son barras de oro
      montadas sobre topacios.
   Su cuerpo es pulido marfil
      incrustado de zafiros.
Sus piernas son pilares de mármol
      que descansan sobre bases de oro puro.
   Su porte es como el del Líbano,
      esbelto como sus cedros.
 Su paladar es la dulzura misma;
      ¡él es todo un encanto!
(La Biblia)

martes, 4 de enero de 2011

Vaso Frágil?


La noche prometía ser abrumadora y tensa… Oscar y María comenzaron a discutir y una vez más se desataría la “guerra” entre ellos, comentario que solía ser frecuente entre los vecinos del barrio. Por lo general, las discusiones eran por “pavadas” y terminaban en peleas fuertes acompañadas de golpes, gritos, insultos, etc. Con algunas “copitas” de más (algo muy habitual en ellos) María, a pesar de estar embarazada de cuatros meses, no dudó en darse al alcohol, quizás como suelen decir por ahí sirve para ahogar las penas. Lo cierto es que ahí estaban, una vez más inmersos en golpes, gritos, pelas y, de fondo, el desgarrador llanto de los niños. Insultos cada vez más fuertes salían del interior de aquella humilde casa. Esa noche vi como él, bajo los efectos del alcohol, arrastró a María hasta la mitad del jardín y comenzó a darle golpes y patadas hasta quedar exhausto. Ella quedó tendida en el piso totalmente desvanecida. En ese momento Oscar, que apenas podía sostenerse en pie, al ver la escena se dio la vuelta y siguió su camino…  
Yo no podía creer lo que estaba sucediendo.  Me acerqué hasta la casa para socorrer a los niños que lloraban desconsoladamente, era muy triste ver la expresión de miedo y angustia en sus rostros. Me acerqué hacia donde estaba María para ayudarla a reponerse pero ya era demasiado tarde.  Los golpes habían sido tantos y tan contundentes que provocaron la pérdida del embarazo…
Oscar se fue por unos días, al poco tiempo regresó y las cosas siguieron igual, sólo que esta vez los golpes se habían cobrado la vida de un ser inocente,  su propio hijo.

La mujer, símbolo sexual, musa inspiradora de inmortales poesías, relatos, canciones, y miles de novelas escritas en su honor. Monumentos construidos para homenajearlas,  venerarlas, honrarlas, amarlas.
Los grandes pintores se han inspirado en ellas para crear y dar vida a sus más bellas obras de arte, Las Señoritas de Avignon de Pablo Picasso, La Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, Retrato de la mujer campesina de Vincent van Gogh, entre otros.

Desde siempre se ha asociado a la mujer con la fecundación, tal es así que  antiguamente se le rendía culto a los órganos reproductores femeninos. El útero era el gran protagonista ya que encarnaba la virtud de dar vida, pero también de enfermar. Los médicos de la antigüedad creían que la mujer enloquecía a causa de que su útero comenzaba a desplazarse por el interior de todo su cuerpo, y eran diagnosticadas de “Histeria”, palabra de origen griego –στέρα- que significa «útero».

Es un denominador común en diferentes culturas la equiparación del rol femenino con lo vulnerable; por ejemplo, en uno de los relatos bíblicos la mujer es comparada a un “vaso frágil”. Asimismo, en relación a la sexualidad, se suele decir que la mujer ejerce el rol pasivo.
En los países industrializados la irrupción masiva de la mujer en el mercado laboral y el ingreso de las mismas al ámbito académico, ha llevado a una transformación parcial del rol de la mujer en la vida cotidiana. Esto significa que en la actualidad además de estar dedicada a la crianza de sus hijos, como así también de los cuidados domésticos, le está permito trabajar fuera del hogar, aunque las condiciones de empleo no sean iguales a la de los hombres.

Me pregunto una y otra vez por qué siempre se ha intentado velar lo femenino. El cuerpo de la mujer ha sido privado, lastimado, mutilado, despojado u ocultado a través del cumplimiento de costumbres y rituales o del seguimiento de la moda representativos de cada cultura, pese a lo cual no han dejado de ser prácticas extremadamente dolorosas. Ejemplo de esto son las mujeres “jirafa” de Birmania; el Loto Dorado, más conocido como el “pie vendado chino”; como así también las tribus en las cuales las mujeres llevan adornos de cobre en sus orejas, como símbolo de belleza, que pueden alcanzar un peso total de hasta un kilo en cada lóbulo. Dichas mujeres son aliviadas de este peso sólo con la muerte de su esposo como forma de demostrar el duelo. Situándonos más del lado de la cultura occidental, encontramos ejemplos de mujeres que se someten a cirugías estéticas radicales, se enferman de bulimia o anorexia, y someten su cuerpo a tratamientos que atentan contra la salud en pos de alcanzar la perfección estética, “la belleza”.

La mujer ha luchado siempre por conquistar un lugar, sufriendo persecución, violencia, humillación o, en el peor de los casos, la muerte para quienes pensaban diferente, como le sucedió a Juana de Arco. Del mismo modo, existen ejemplos de otras mujeres  como Agnodice, Clara Campoamor, Alicia Moreau de Justo, entre otras, que aunque su lucha no terminó en la muerte, se impusieron con todas sus fuerzas en defensa de sus ideales y muchas han dejado una impronta que perdura aun en nuestros días.
El discurso suele ser paradójico ya que, por un lado, se genera una ilusión de lo femenino, como lo sublime, lo bello, lo noble, lo puro, lo sagrado, lo inmaculado, lo inocente, un ser a quien se debe valorar cuidar, proteger, amar, respetar, pero luego hacia el interior de ese discurso hay algunas contradicciones ya que se encuentra teñido de “ciertas cuestiones” que se acercan más al sadismo que al amor.

Ahora invitamos, en especial a nuestras lectoras, a sumergirse en el “baúl de los recuerdos” e ir aquella época de nuestra niñez en la que soñábamos ser como las princesas de los cuentos que nuestros padres y abuelos nos contaban…

“Había una vez un príncipe que estaba buscando esposa, pero para satisfacer su exigencia de feminidad, ésta tenía que tener los pies muy pequeños. Para examinar a las posibles novias se utilizaba una diminuta zapatilla de piel. Dos hermanas estaban desesperadas por ser las elegidas. La mayor intentó meter a la fuerza el pie en la zapatilla, pero no le cabía, de modo que su madre le dijo que se cortara el dedo gordo, explicándole que una vez que se hubiera casado con el príncipe, no necesitaría caminar nunca más, de modo que no tenía nada que perder. La muchacha se cortó el dedo gordo y metió su pie sangrante en la zapatilla, pero cuando partía con el príncipe, éste se dio cuenta de que la sangre rezumaba de la zapatilla y manchaba sus medias. Se la devolvió a su madre, que le ofreció entonces a su otra hija. Esta vez la desafortunada muchacha tuvo que recortarse el tamaño del talón para meterlo en la zapatilla. De nuevo, los borbotones de sangre descubrieron el juego y ella también fue rechazada. Sólo entonces el príncipe vio a Cenicienta, cuyo pie diminuto ajustó a la perfección y se convirtió en la candorosa prometida del fetichista príncipe.
… La versión actual de Disney es bastante inocente, pero la original era sangrienta y salvaje.” (Desmond Morris, en La Mujer Desnuda, pp 293 -294. Editorial Planeta SA, 2005.)