Alguien quiere salir…
Son las ganas de la infancia
Floreciendo en tu cielo y en tu amor
Como barriletes de esperanza
Tanto hilo que no alcanza
Hay que remontar remontar, remontar
Remontar para vivir
Hay que remontar...
Lo imposible está ahí, para seguir
Es un barrilete que no para
Lo imposible esta ahí, para vivir
Remontan las ganas de un mañana.
Hay un
momento en que, para algunos niños, el juego deja de ser un terreno de
exploración, un espacio de creatividad, deja de ser ese elemento soñado y mágico
donde
la capacidad creadora interpreta su mejor papel. Allí donde el jugar se vuelve medicina, el juego de los niños se transforma
en el arte de sanar, hace las veces de antídoto que contrarresta tanto mal. Es así, como esta dulce medicina,
resguarda, protege, aísla y envuelve a este ser. El juego deja de ser una
oportunidad inventiva para convertirse en el único medio de sobrevivir,
perdurar, mantenerse vivo.
Alguna
vez escuche decir que el juego es la
dulce medicina de los niños… Cuanta verdad expresada en una simple y
sencilla frase. Pensé en esos niños producto de la dureza de los grandes, niños
que son fruto del egoísmo desmedido, niños castigados, desamparados,
abandonados simbólicamente, niños dañados, desestimados y anulados… niños que
llegan para cubrir “fallas”, llenar vacíos, reparar deseos incumplidos,
quebrantados. Niños que nacen para saldar deudas de otros tiempos. Estos niños,
producto de la inmadurez y la cobardía de otros niños que no han crecidos y se esconde tras el traje de un adulto.
Niños que se crían en la soledad, niños exigidos, escatimados, caballitos de
batallas desleales, niños devorados, capturados por la mirada y los reclamos de
los otros, niños objetos, gritos callados que piden salir.
Es allí
donde el juego como medicina cobra fuerza, valor, entusiasmo y un desafío para
quienes estamos del otro lado esperando a ese Alguien que ansía salir. Esta dulce medicina significa que hay una
puerta abierta, una puerta de esperanza
que señala el camino para salir, salir a
jugar….

Este artículo trajo recuerdos de mi infancia, ya que en muchas ocasiones he sido caballito de batallas desleales entre los adultos, como dice el artículo, lo peor que le puede pasar a uno cuando es chico es que tus padres no se amen y que solo estén “juntos” según dicen ellos por uno!! Una locura!! Gracias por esta reflexión!
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